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    EN CUMPLEAÑOS DE GER

    RECETA PARA EL OLVIDO


    A Ger: Rey Juglar
    en su cumpleaños 26

    Una pizca de resaca
    Una cucharadita de ron
    Una canción de José Alfredo
    Una botella de aguardiente de consuelo
    Dos gotas quemantes del vinagre de las heridas
    Seis mentiras de cualquier bolero de Manzanero
    Tres piezas de la fortuna de la Luna
    Una sombra de sauce llorón


    adrianzinho

    Coloquio literario, humanista, social y artístico en la UASLP‏

    La Universidad Autónoma de San Luis Potosí

    a través de la

    Coordinación de Ciencias Sociales Humanidades

    y la Lic. en Lengua y Literaturas Hispanoamericanas


    CONVOCA


    A todos los estudiantes de literatura, lingüística, ciencias sociales, humanidades y áreas afines a participar en el


    1er. Coloquio Nacional de Lengua y Literatura                      

                                                       “Manuel José Othón”




    que se realizará del día 25 al 29 de enero de 2010 en la Coordinación de Ciencias Sociales y Humanidades de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí

     

    Podrán participar todos los estudiantes de licenciatura de todas las universidades y organismos públicos y privados, considerando las siguientes líneas de investigación y análisis:


    ·        Literatura hispanoamericana

    ·        Literatura por nacionalidad, lengua o región (mexicana, rusa, indígena, europea, oriental, argentina, chilena, cubana, etc.)

    ·        Literatura fantástica

    ·        Tradición oral

    ·        Literatura y ciencias sociales (Historia, Antropología, Filosofía, Política, Economía, Psicología, Ciencias de la Comunicación, etc.)

    ·        Estudios culturales

    ·        Estudios de género

    ·        Literatura y cómic

    ·        Teoría literaria

    ·        Lingüística

    ·        Didáctica para literatura

    ·        Análisis del discurso

    ·        Propuestas literarias actuales (literatura en internet, blogs, vanguardias, etc.)

    ·        Literatura y música

    ·        Literatura y teatro

    ·        Literatura y danza

    ·        Literatura y cine

    ·        Literatura y publicaciones periódicas (revistas, periódicos, etc.)

    ·        Poesía

    ·        Literatura medieval

    ·        Literatura del Siglo de Oro

    ·        Sociolingüística

    ·        Adquisición del lenguaje

    ·        Edición y traducción

    ·        Estudios descriptivos del español y lenguas indígenas

    ·        Problemas metodológicos y teóricos de la investigación literaria y lingüística

    ·        Lingüística forense

    ·        Neurolingüística





    a)Las ponencias deberán constar de 7 a 9 cuartillas y ser enviadas en formato Word con letra Arial 12 a doble interlineado. Su lectura al público no deberá rebasar los 15 minutos.

    b)Las ponencias serán enviadas a la siguiente dirección de correo electrónico: coloquiomjo@gmail.com con el asunto: Ponencia

    c)En el envío de correo se deben incluir los siguientes datos:

    ·        Título de ponencia

    ·        Nombre completo del ponente

    ·        Institución de procedencia y grado que cursa

    ·        Especificar material requerido para la ponencia (en caso de necesitarlo), como cañón, grabadora, computadora, etc.

    ·        Resumen, no más de diez líneas.



     

    En caso de querer participar el lar tertulias “Idilios creativos”, deberán enviarse los trabajos con las siguientes características:

    a)Formato Word de 1 a 5 cuartillas, Arial 12, interlineado doble

    b)El trabajo debe enviarse a la dirección de correo electrónico coloquiomjo@gmail.com con el asunto “Tertulia”

    c)El texto debe incluir los siguientes datos:

    ·        Título del trabajo

    ·        Nombre y/o pseudónimo del autor

    ·        Institución de procedencia

     



    En caso de desear presentar algún proyecto ya sea personal o colectivo (como revistas, libros, editoriales, etc), enviar propuesta a la dirección de correo electrónico coloquiomjo@gmail.com con el asunto: “Proyecto”.


     


    Todos los trabajos serán evaluados  y dictaminados por  el comité organizador y la respuesta se enviará en un máximo de diez días hábiles a partir de la fecha de recepción.

    Los asistentes que requieran constancia deberán cubrir el 80% de asistencia.

    Cualquier asunto no previsto será resulto directamente por el comité organizador.

    Mayores informes en la dirección de internet   http://coloquiomjoslp.blogspot.com

    La presente convocatoria queda abierta desde su publicación hasta el día viernes 4 de diciembre de 2009.

    In to the jam sessions [Take 2]

    Ya quedaron grabadas: "Entre el y yo..." y "Una canción..."

    Faltan varias más, pero el chiste es principiar...

    adrianzinho

    de Ellos (parte 4)

     
    Lo más importante de la vida son los momentos, y el saber cómo vivir y compartirlos. Eso es lo que a grandes y pocas palabras se refleja la sombra de Augusto Blanca, excelente trovador, que me enseñó el valor de gastar los deseos por tan pequeños que parescan nuestros sueños...
     
    De voz profunda, y de expresión tan profunda como la tierra, Augusto se eleva de los demás mortales para convertirse en serafín y desde ahí reírse de la humana condición...
     
    Saludos, y gracias por lo que escribiste
     
     

    de Ellos (parte 3)

     
    Un día, nos enteramos Gerardo León y Su Segura Servilleta, que vendría a la mítica Puebla de los Ángeles, Amaury Pérez...
     
    El nos enseñó que no siempre todo lo que hagas saldrá perfecto, pero al menos debes de dar el alma en intentarlo...
     
    Acá, el día de volvió gris por la partida del gran trovador... Para el, que su madre estaba enferma en La Habana, también conjugó el día con nuestro verbo...
     
    Saludos Amaury, ya llegará el día de encontrarnos como iguales...
     

    de Ellos (parte 2)

     
    Luego algo sucedió, el universo entero conspiró conmigo para que se pudiera dar el tan esperado encuentro entre el "aprendiz" y este trovador, entre Silvio y Su segura servilleta...
     
    Dos días pasaron como si fueran dos milenios, dos milenios después de ese mágico momento...
     
    Solo queda algo por rescatar de ese día, a partir de ahí soy Adrián Maldonado García Rodríguez Domínguez....
     
    Saludos al aprendiz que luego, de vez en cuando, busca una escafaldra y se pone a bucear por la red...
     

    de Ellos (parte 1)

    Del primer concierto al que asistí y al que señaló en mi dirección (parafraseando a Noel Nicola) como sucesor...

    Ese, me acuerdo, era el concierto del adiós de una de las pocas agrupaciones mexicanas trovadorescas; y me alegro, que yo no lo sentí como tal, como despedida, sino al contrario, como un encuentro...

    Saludos desde aquí, aunque sé que no me lean o que no les llegue la paloma mensajera, a mis hermanos de Mexicanto: Sergio Félix & David Filio, David Filio & Sergio Félix




    In to the jam Sessions [Take One]

    Hoy comenzamos a grabar las cansiones perdidas por el tiempo..

    En el dia de hoy se equalizó y se masterizó tanto la mezcladora, micrófono acústico y la guitarra...

    Mañana entraremos de lleno a grabar las cansiones a sesión plena...

    Saludos....

    LLUEVE

    LLUEVE


    Es tarde y llueve.
    Y tú flotando en el aroma del viento.
    Tu cabello, seduciendo a cada paso mis sueños.
    Tu recuerdo, intacto y a la vez más lleno,
    de mi soledad y tu fantasma,
    de mis miedos y de tus sueños,
    de tu no-ser y de la fantasía de tenerte entre mis dedos.

    Es tarde y aún llueve.
    Y seguirá lloviendo por el letargo de tus besos.
    Como luceros, como la luna cuando se levanta,
    tus ojos ahuyentan el argumento de la distancia
    y regresan a tu vacío, para hacerse niebla,
    para volverse nada, en esta fría madrugada.

    Es tarde y sigue lloviendo.
    Y la lluvia te refleja nimbada en mi ventana.
    Lentamente, mientras pasa el aguacero,
    un suspiro se eleva nombrándote de nuevo;
    mientras, conjurandote en un triste sortilegio
    se derrumba mi alma hasta sus cimientos.

    LA LUNA

    La luna se puede tomar a cucharadas
    o como una cápsula cada dos horas.
    Es buena como hipnótico y sedante
    y también alivia
    a los que se han intoxicado de filosofía
    Un pedazo de luna en el bolsillo
    es el mejor amuleto que la pata de conejo:
    sirve para encontrar a quien se ama,
    y para alejar a los médicos y las clínicas.
    Se puede dar de postre a los niños
    cuando no se han dormido,
    y unas gotas de luna en los ojos de los ancianos
    ayudan a bien morir.

    Pon una hoja tierna de la luna
    debajo de tu almohada
    y mirarás lo que quieras ver.
    Lleva siempre un frasquito del aire de la luna
    para cuando te ahogues,
    y dale la llave de la luna
    a los presos y a los desencantados.
    Para los condenados a muerte
    y para los condenados a vida
    no hay mejor estimulante que la luna
    en dosis precisas y controladas.

    JAIME SABINES

    El Gato Negro [cuento]

     
    No espero ni pido que alguien crea en el extraño aunque simple relato que me dispongo a escribir. Loco estaría si lo esperara, cuando mis sentidos rechazan su propia evidencia. Pero no estoy loco y sé muy bien que esto no es un sueño. Mañana voy a morir y quisiera aliviar hoy mi alma. Mi propósito inmediato consiste en poner de manifiesto, simple, sucintamente y sin comentarios, una serie de episodios domésticos. Las consecuencias de esos episodios me han aterrorizado, me han torturado y, por fin, me han destruido. Pero no intentaré explicarlos. Si para mí han sido horribles, para otros resultarán menos espantosos que barrocos. Más adelante, tal vez, aparecerá alguien cuya inteligencia reduzca mis fantasmas a lugares comunes; una inteligencia más serena, más lógica y mucho menos excitable que la mía, capaz de ver en las circunstancias que temerosamente describiré, una vulgar sucesión de causas y efectos naturales.
    Desde la infancia me destaqué por la docilidad y bondad de mi carácter. La ternura que abrigaba mi corazón era tan grande que llegaba a convertirme en objeto de burla para mis compañeros. Me gustaban especialmente los animales, y mis padres me permitían tener una gran variedad. Pasaba a su lado la mayor parte del tiempo, y jamás me sentía más feliz que cuando les daba de comer y los acariciaba. Este rasgo de mi carácter creció conmigo y, cuando llegué a la virilidad, se convirtió en una de mis principales fuentes de placer. Aquellos que alguna vez han experimentado cariño hacia un perro fiel y sagaz no necesitan que me moleste en explicarles la naturaleza o la intensidad de la retribución que recibía. Hay algo en el generoso y abnegado amor de un animal que llega directamente al corazón de aquel que con frecuencia ha probado la falsa amistad y la frágil fidelidad del hombre.
    Me casé joven y tuve la alegría de que mi esposa compartiera mis preferencias. Al observar mi gusto por los animales domésticos, no perdía oportunidad de procurarme los más agradables de entre ellos. Teníamos pájaros, peces de colores, un hermoso perro, conejos, un monito y un gato.
    Este último era un animal de notable tamaño y hermosura, completamente negro y de una sagacidad asombrosa. Al referirse a su inteligencia, mi mujer, que en el fondo era no poco supersticiosa, aludía con frecuencia a la antigua creencia popular de que todos los gatos negros son brujas metamorfoseadas. No quiero decir que lo creyera seriamente, y sólo menciono la cosa porque acabo de recordarla.
    Plutón -tal era el nombre del gato- se había convertido en mi favorito y mi camarada. Sólo yo le daba de comer y él me seguía por todas partes en casa. Me costaba mucho impedir que anduviera tras de mí en la calle.
    Nuestra amistad duró así varios años, en el curso de los cuales (enrojezco al confesarlo) mi temperamento y mi carácter se alteraron radicalmente por culpa del demonio. Intemperancia. Día a día me fui volviendo más melancólico, irritable e indiferente hacia los sentimientos ajenos. Llegué, incluso, a hablar descomedidamente a mi mujer y terminé por infligirle violencias personales. Mis favoritos, claro está, sintieron igualmente el cambio de mi carácter. No sólo los descuidaba, sino que llegué a hacerles daño. Hacia Plutón, sin embargo, conservé suficiente consideración como para abstenerme de maltratarlo, cosa que hacía con los conejos, el mono y hasta el perro cuando, por casualidad o movidos por el afecto, se cruzaban en mi camino. Mi enfermedad, empero, se agravaba -pues, ¿qué enfermedad es comparable al alcohol?-, y finalmente el mismo Plutón, que ya estaba viejo y, por tanto, algo enojadizo, empezó a sufrir las consecuencias de mi mal humor.
    Una noche en que volvía a casa completamente embriagado, después de una de mis correrías por la ciudad, me pareció que el gato evitaba mi presencia. Lo alcé en brazos, pero, asustado por mi violencia, me mordió ligeramente en la mano. Al punto se apoderó de mí una furia demoníaca y ya no supe lo que hacía. Fue como si la raíz de mi alma se separara de golpe de mi cuerpo; una maldad más que diabólica, alimentada por la ginebra, estremeció cada fibra de mi ser. Sacando del bolsillo del chaleco un cortaplumas, lo abrí mientras sujetaba al pobre animal por el pescuezo y, deliberadamente, le hice saltar un ojo. Enrojezco, me abraso, tiemblo mientras escribo tan condenable atrocidad.
    Cuando la razón retornó con la mañana, cuando hube disipado en el sueño los vapores de la orgía nocturna, sentí que el horror se mezclaba con el remordimiento ante el crimen cometido; pero mi sentimiento era débil y ambiguo, no alcanzaba a interesar al alma. Una vez más me hundí en los excesos y muy pronto ahogué en vino los recuerdos de lo sucedido.
    El gato, entretanto, mejoraba poco a poco. Cierto que la órbita donde faltaba el ojo presentaba un horrible aspecto, pero el animal no parecía sufrir ya. Se paseaba, como de costumbre, por la casa, aunque, como es de imaginar, huía aterrorizado al verme. Me quedaba aún bastante de mi antigua manera de ser para sentirme agraviado por la evidente antipatía de un animal que alguna vez me había querido tanto. Pero ese sentimiento no tardó en ceder paso a la irritación. Y entonces, para mi caída final e irrevocable, se presentó el espíritu de la perversidad. La filosofía no tiene en cuenta a este espíritu; y, sin embargo, tan seguro estoy de que mi alma existe como de que la perversidad es uno de los impulsos primordiales del corazón humano, una de las facultades primarias indivisibles, uno de esos sentimientos que dirigen el carácter del hombre. ¿Quién no se ha sorprendido a sí mismo cien veces en momentos en que cometía una acción tonta o malvada por la simple razón de que no debía cometerla? ¿No hay en nosotros una tendencia permanente, que enfrenta descaradamente al buen sentido, una tendencia a transgredir lo que constituye la Ley por el solo hecho de serlo? Este espíritu de perversidad se presentó, como he dicho, en mi caída final. Y el insondable anhelo que tenía mi alma de vejarse a sí misma, de violentar su propia naturaleza, de hacer mal por el mal mismo, me incitó a continuar y, finalmente, a consumar el suplicio que había infligido a la inocente bestia. Una mañana, obrando a sangre fría, le pasé un lazo por el pescuezo y lo ahorqué en la rama de un árbol; lo ahorqué mientras las lágrimas manaban de mis ojos y el más amargo remordimiento me apretaba el corazón; lo ahorqué porque recordaba que me había querido y porque estaba seguro de que no me había dado motivo para matarlo; lo ahorqué porque sabía que, al hacerlo, cometía un pecado, un pecado mortal que comprometería mi alma hasta llevarla -si ello fuera posible- más allá del alcance de la infinita misericordia del Dios más misericordioso y más terrible.
    La noche de aquel mismo día en que cometí tan cruel acción me despertaron gritos de: "¡Incendio!" Las cortinas de mi cama eran una llama viva y toda la casa estaba ardiendo. Con gran dificultad pudimos escapar de la conflagración mi mujer, un sirviente y yo. Todo quedó destruido. Mis bienes terrenales se perdieron y desde ese momento tuve que resignarme a la desesperanza.
    No incurriré en la debilidad de establecer una relación de causa y efecto entre el desastre y mi criminal acción. Pero estoy detallando una cadena de hechos y no quiero dejar ningún eslabón incompleto. Al día siguiente del incendio acudí a visitar las ruinas. Salvo una, las paredes se habían desplomado. La que quedaba en pie era un tabique divisorio de poco espesor, situado en el centro de la casa, y contra el cual se apoyaba antes la cabecera de mi lecho. El enlucido había quedado a salvo de la acción del fuego, cosa que atribuí a su reciente aplicación. Una densa muchedumbre habíase reunido frente a la pared y varias personas parecían examinar parte de la misma con gran atención y detalle. Las palabras "¡extraño!, ¡curioso!" y otras similares excitaron mi curiosidad. Al aproximarme vi que en la blanca superficie, grabada como un bajorrelieve, aparecía la imagen de un gigantesco gato. El contorno tenía una nitidez verdaderamente maravillosa. Había una soga alrededor del pescuezo del animal.
    Al descubrir esta aparición -ya que no podía considerarla otra cosa- me sentí dominado por el asombro y el terror. Pero la reflexión vino luego en mi ayuda. Recordé que había ahorcado al gato en un jardín contiguo a la casa. Al producirse la alarma del incendio, la multitud había invadido inmediatamente el jardín: alguien debió de cortar la soga y tirar al gato en mi habitación por la ventana abierta. Sin duda, habían tratado de despertarme en esa forma. Probablemente la caída de las paredes comprimió a la víctima de mi crueldad contra el enlucido recién aplicado, cuya cal, junto con la acción de las llamas y el amoniaco del cadáver, produjo la imagen que acababa de ver.
    Si bien en esta forma quedó satisfecha mi razón, ya que no mi conciencia, sobre el extraño episodio, lo ocurrido impresionó profundamente mi imaginación. Durante muchos meses no pude librarme del fantasma del gato, y en todo ese tiempo dominó mi espíritu un sentimiento informe que se parecía, sin serlo, al remordimiento. Llegué al punto de lamentar la pérdida del animal y buscar, en los viles antros que habitualmente frecuentaba, algún otro de la misma especie y apariencia que pudiera ocupar su lugar.
    Una noche en que, borracho a medias, me hallaba en una taberna más que infame, reclamó mi atención algo negro posado sobre uno de los enormes toneles de ginebra que constituían el principal moblaje del lugar. Durante algunos minutos había estado mirando dicho tonel y me sorprendió no haber advertido antes la presencia de la mancha negra en lo alto. Me aproximé y la toqué con la mano. Era un gato negro muy grande, tan grande como Plutón y absolutamente igual a éste, salvo un detalle. Plutón no tenía el menor pelo blanco en el cuerpo, mientras este gato mostraba una vasta aunque indefinida mancha blanca que le cubría casi todo el pecho.
    Al sentirse acariciado se enderezó prontamente, ronroneando con fuerza, se frotó contra mi mano y pareció encantado de mis atenciones. Acababa, pues, de encontrar el animal que precisamente andaba buscando. De inmediato, propuse su compra al tabernero, pero me contestó que el animal no era suyo y que jamás lo había visto antes ni sabía nada de él.
    Continué acariciando al gato y, cuando me disponía a volver a casa, el animal pareció dispuesto a acompañarme. Le permití que lo hiciera, deteniéndome una y otra vez para inclinarme y acariciarlo. Cuando estuvo en casa, se acostumbró a ella de inmediato y se convirtió en el gran favorito de mi mujer.
    Por mi parte, pronto sentí nacer en mí una antipatía hacia aquel animal. Era exactamente lo contrario de lo que había anticipado, pero -sin que pueda decir cómo ni por qué- su marcado cariño por mí me disgustaba y me fatigaba. Gradualmente, el sentimiento de disgusto y fatiga creció hasta alcanzar la amargura del odio. Evitaba encontrarme con el animal; un resto de vergüenza y el recuerdo de mi crueldad de antaño me vedaban maltratarlo. Durante algunas semanas me abstuve de pegarle o de hacerlo víctima de cualquier violencia; pero gradualmente -muy gradualmente- llegué a mirarlo con inexpresable odio y a huir en silencio de su detestable presencia, como si fuera una emanación de la peste.
    Lo que, sin duda, contribuyó a aumentar mi odio fue descubrir, a la mañana siguiente de haberlo traído a casa, que aquel gato, igual que Plutón, era tuerto. Esta circunstancia fue precisamente la que lo hizo más grato a mi mujer, quien, como ya dije, poseía en alto grado esos sentimientos humanitarios que alguna vez habían sido mi rasgo distintivo y la fuente de mis placeres más simples y más puros.
    El cariño del gato por mí parecía aumentar en el mismo grado que mi aversión. Seguía mis pasos con una pertinencia que me costaría hacer entender al lector. Dondequiera que me sentara venía a ovillarse bajo mi silla o saltaba a mis rodillas, prodigándome sus odiosas caricias. Si echaba a caminar, se metía entre mis pies, amenazando con hacerme caer, o bien clavaba sus largas y afiladas uñas en mis ropas, para poder trepar hasta mi pecho. En esos momentos, aunque ansiaba aniquilarlo de un solo golpe, me sentía paralizado por el recuerdo de mi primer crimen, pero sobre todo -quiero confesarlo ahora mismo- por un espantoso temor al animal.
    Aquel temor no era precisamente miedo de un mal físico y, sin embargo, me sería imposible definirlo de otra manera. Me siento casi avergonzado de reconocer, sí, aún en esta celda de criminales me siento casi avergonzado de reconocer que el terror, el espanto que aquel animal me inspiraba, era intensificado por una de las más insensatas quimeras que sería dado concebir. Más de una vez mi mujer me había llamado la atención sobre la forma de la mancha blanca de la cual ya he hablado, y que constituía la única diferencia entre el extraño animal y el que yo había matado. El lector recordará que esta mancha, aunque grande, me había parecido al principio de forma indefinida; pero gradualmente, de manera tan imperceptible que mi razón luchó durante largo tiempo por rechazarla como fantástica, la mancha fue asumiendo un contorno de rigurosa precisión. Representaba ahora algo que me estremezco al nombrar, y por ello odiaba, temía y hubiera querido librarme del monstruo si hubiese sido capaz de atreverme; representaba, digo, la imagen de una cosa atroz, siniestra..., ¡la imagen del patíbulo! ¡Oh lúgubre y terrible máquina del horror y del crimen, de la agonía y de la muerte!
    Me sentí entonces más miserable que todas las miserias humanas. ¡Pensar que una bestia, cuyo semejante había yo destruido desdeñosamente, una bestia era capaz de producir tan insoportable angustia en un hombre creado a imagen y semejanza de Dios! ¡Ay, ni de día ni de noche pude ya gozar de la bendición del reposo! De día, aquella criatura no me dejaba un instante solo; de noche, despertaba hora a hora de los más horrorosos sueños, para sentir el ardiente aliento de la cosa en mi rostro y su terrible peso -pesadilla encarnada de la que no me era posible desprenderme- apoyado eternamente sobre mi corazón.
    Bajo el agobio de tormentos semejantes, sucumbió en mí lo poco que me quedaba de bueno. Sólo los malos pensamientos disfrutaban ya de mi intimidad; los más tenebrosos, los más perversos pensamientos. La melancolía habitual de mi humor creció hasta convertirse en aborrecimiento de todo lo que me rodeaba y de la entera humanidad; y mi pobre mujer, que de nada se quejaba, llegó a ser la habitual y paciente víctima de los repentinos y frecuentes arrebatos de ciega cólera a que me abandonaba.
    Cierto día, para cumplir una tarea doméstica, me acompañó al sótano de la vieja casa donde nuestra pobreza nos obligaba a vivir. El gato me siguió mientras bajaba la empinada escalera y estuvo a punto de tirarme cabeza abajo, lo cual me exasperó hasta la locura. Alzando un hacha y olvidando en mi rabia los pueriles temores que hasta entonces habían detenido mi mano, descargué un golpe que hubiera matado instantáneamente al animal de haberlo alcanzado. Pero la mano de mi mujer detuvo su trayectoria. Entonces, llevado por su intervención a una rabia más que demoníaca, me zafé de su abrazo y le hundí el hacha en la cabeza. Sin un solo quejido, cayó muerta a mis pies.
    Cumplido este espantoso asesinato, me entregué al punto y con toda sangre fría a la tarea de ocultar el cadáver. Sabía que era imposible sacarlo de casa, tanto de día como de noche, sin correr el riesgo de que algún vecino me observara. Diversos proyectos cruzaron mi mente. Por un momento pensé en descuartizar el cuerpo y quemar los pedazos. Luego se me ocurrió cavar una tumba en el piso del sótano. Pensé también si no convenía arrojar el cuerpo al pozo del patio o meterlo en un cajón, como si se tratara de una mercadería común, y llamar a un mozo de cordel para que lo retirara de casa. Pero, al fin, di con lo que me pareció el mejor expediente y decidí emparedar el cadáver en el sótano, tal como se dice que los monjes de la Edad Media emparedaban a sus víctimas.
    El sótano se adaptaba bien a este propósito. Sus muros eran de material poco resistente y estaban recién revocados con un mortero ordinario, que la humedad de la atmósfera no había dejado endurecer. Además, en una de las paredes se veía la saliencia de una falsa chimenea, la cual había sido rellenada y tratada de manera semejante al resto del sótano. Sin lugar a dudas, sería muy fácil sacar los ladrillos en esa parte, introducir el cadáver y tapar el agujero como antes, de manera que ninguna mirada pudiese descubrir algo sospechoso.
    No me equivocaba en mis cálculos. Fácilmente saqué los ladrillos con ayuda de una palanca y, luego de colocar cuidadosamente el cuerpo contra la pared interna, lo mantuve en esa posición mientras aplicaba de nuevo la mampostería en su forma original. Después de procurarme argamasa, arena y cerda, preparé un enlucido que no se distinguía del anterior y revoqué cuidadosamente el nuevo enladrillado. Concluida la tarea, me sentí seguro de que todo estaba bien. La pared no mostraba la menor señal de haber sido tocada. Había barrido hasta el menor fragmento de material suelto. Miré en torno, triunfante, y me dije: "Aquí, por lo menos, no he trabajado en vano".
    Mi paso siguiente consistió en buscar a la bestia causante de tanta desgracia, pues al final me había decidido a matarla. Si en aquel momento el gato hubiera surgido ante mí, su destino habría quedado sellado, pero, por lo visto, el astuto animal, alarmado por la violencia de mi primer acceso de cólera, se cuidaba de aparecer mientras no cambiara mi humor. Imposible describir o imaginar el profundo, el maravilloso alivio que la ausencia de la detestada criatura trajo a mi pecho. No se presentó aquella noche, y así, por primera vez desde su llegada a la casa, pude dormir profunda y tranquilamente; sí, pude dormir, aun con el peso del crimen sobre mi alma.
    Pasaron el segundo y el tercer día y mi atormentador no volvía. Una vez más respiré como un hombre libre. ¡Aterrado, el monstruo había huido de casa para siempre! ¡Ya no volvería a contemplarlo! Gozaba de una suprema felicidad, y la culpa de mi negra acción me preocupaba muy poco. Se practicaron algunas averiguaciones, a las que no me costó mucho responder. Incluso hubo una perquisición en la casa; pero, naturalmente, no se descubrió nada. Mi tranquilidad futura me parecía asegurada.
    Al cuarto día del asesinato, un grupo de policías se presentó inesperadamente y procedió a una nueva y rigurosa inspección. Convencido de que mi escondrijo era impenetrable, no sentí la más leve inquietud. Los oficiales me pidieron que los acompañara en su examen. No dejaron hueco ni rincón sin revisar. Al final, por tercera o cuarta vez, bajaron al sótano. Los seguí sin que me temblara un solo músculo. Mi corazón latía tranquilamente, como el de aquel que duerme en la inocencia. Me paseé de un lado al otro del sótano. Había cruzado los brazos sobre el pecho y andaba tranquilamente de aquí para allá. Los policías estaban completamente satisfechos y se disponían a marcharse. La alegría de mi corazón era demasiado grande para reprimirla. Ardía en deseos de decirles, por lo menos, una palabra como prueba de triunfo y confirmar doblemente mi inocencia.
    -Caballeros -dije, por fin, cuando el grupo subía la escalera-, me alegro mucho de haber disipado sus sospechas. Les deseo felicidad y un poco más de cortesía. Dicho sea de paso, caballeros, esta casa está muy bien construida... (En mi frenético deseo de decir alguna cosa con naturalidad, casi no me daba cuenta de mis palabras). Repito que es una casa de excelente construcción. Estas paredes... ¿ya se marchan ustedes, caballeros?... tienen una gran solidez.
    Y entonces, arrastrado por mis propias bravatas, golpeé fuertemente con el bastón que llevaba en la mano sobre la pared del enladrillado tras de la cual se hallaba el cadáver de la esposa de mi corazón.
    ¡Que Dios me proteja y me libre de las garras del archidemonio! Apenas había cesado el eco de mis golpes cuando una voz respondió desde dentro de la tumba. Un quejido, sordo y entrecortado al comienzo, semejante al sollozar de un niño, que luego creció rápidamente hasta convertirse en un largo, agudo y continuo alarido, anormal, como inhumano, un aullido, un clamor de lamentación, mitad de horror, mitad de triunfo, como sólo puede haber brotado en el infierno de la garganta de los condenados en su agonía y de los demonios exultantes en la condenación.
    Hablar de lo que pensé en ese momento sería locura. Presa de vértigo, fui tambaleándome hasta la pared opuesta. Por un instante el grupo de hombres en la escalera quedó paralizado por el terror. Luego, una docena de robustos brazos atacaron la pared, que cayó de una pieza. El cadáver, ya muy corrompido y manchado de sangre coagulada, apareció de pie ante los ojos de los espectadores. Sobre su cabeza, con la roja boca abierta y el único ojo como de fuego, estaba agazapada la horrible bestia cuya astucia me había inducido al asesinato y cuya voz delatadora me entregaba al verdugo. ¡Había emparedado al monstruo en la tumba!
     
    EDGAR ALLAN POE
     
    Trad. Julio Cortázar

    De Juan Rulfo

    Hoy que vine de ti, sostenido a tu sombra, he mirado la noche.
    He mirado las nubes en la noche como lágrimas alrededor de la luna clara; los árboles oscuros, las estrellas blancas.
    Hoy he visto cómo por todas partes la noche era muy alta.
    Y me detuve a mirarla como se detiene el que descansa.
    Clara:
    Hoy se murió el amor por un instante y creí que yo también
    agonizaba.
    Fue a la hora en que diste con tus manos aquel golpe en la mitad de mi alma.
    Y que dijiste: tres años, como si fuera tan larga la esperanza.
    Hoy caminé despacio pensando en tus palabras.
    Oyendo los ruidos del pájaro que duerme y los ruidos del ansia.
    Del ansia que nos mancha la congoja de no poder ser omnipotentes para labrar una piedad dentro de otra alma.
    Con todo, tres años no son nada. No son nada para los muertos, ni para los que han asesinado lo que aman.
    Tres años son, Clara, como querer cortar con nuestras manos un hilito de agua.
    Y en esperar que pasen los tres años, el tiempo nunca pasa.
    Clara:
    Hoy que vine de ti, sostenido a tu sombra, me puse a mirar mi soledad y la encontré más sola.

    Te quiero


    Tus manos son mi caricia,
    mis acordes cotidianos;
    te quiero porque tus manos
    trabajan por la justicia.
     
    Si te quiero es porque sos
    mi amor, mi cómplice, y todo.
    Y en la calle codo a codo
    somos mucho más que dos.
     
    Tus ojos son mi conjuro
    contra la mala jornada;
    te quiero por tu mirada
    que mira y siembra futuro.
     
    Tu boca que es tuya y mía,
    Tu boca no se equivoca;
    te quiero por que tu boca
    sabe gritar rebeldía.
     
    Si te quiero es porque sos
    mi amor mi cómplice y todo.
    Y en la calle codo a codo
    somos mucho más que dos.
     
    Y por tu rostro sincero.
    Y tu paso vagabundo.
    Y tu llanto por el mundo.
    Porque sos pueblo te quiero.
     
    Y porque amor no es aurora,
    ni cándida moraleja,
    y porque somos pareja
    que sabe que no está sola.
     
    Te quiero en mi paraíso;
    es decir, que en mi país
    la gente vive feliz
    aunque no tenga permiso.
     
    Si te quiero es por que sos
    mi amor, mi cómplice y todo.
    Y en la calle codo a codo
    somos mucho más que dos.
     
    MARIO BENEDETTI

    Cuando Pienso en Vos...

     
    Cuando pienso en vos...
    no tengo sitio en mi cerebro para otro pensamiento
    mis sinapsis transmiten alocados impulsos con tu esencia
    la razón no me razona, sólo piensa
    en tu amor aventurero junto al mío.
    Se nublan mis ojos, los refriego,
    para sólo encontrar tu dulce imagen
    que me deja absorto, borracho, casi ciego,
    tus ojos a los míos lanzan fuegos
    dominados solamente por sus cielos
    Cuando pienso en vos...
    en mi estómago se me infla un globo adentro
    pierdo el apetito, muevo nervioso mis rodillas
    ejercito sin querer mis pantorrillas
    mis manos no se encuentran con sus dedos
    mi corazón se hace chiquito y se agiganta
    como si fuera a saltar y salir por mi garganta
    y llegar raudo hasta tu pecho
    empujado por la razón y la emoción
    como queriendo penetrar tu corazón.
    Cuando pienso en vos...
    vivo en la altura, te observo con mi whisky de la Luna,
    escucho en mis auriculares sólo temas
    compuestos con tu nombre repetido
    que por el aire sin aire, plácido pulula.
    Me lanzo con mis brazos abiertos como alas.
    No planeo: floto por el cielo y me envidian las aves.
    A Cronos lo detengo,
    ¡ Ni se anima
    a moverse cuando yo tengo tus llaves !
    Pienso en vos y yo, al fin y al cabo
    con pasión, ternura, amor.
    Mas de un modo moderado:
    Que tan sólo te pienso a cada hora...
    (y a tu piel... y a tu cabello delicado...)
    ¡ Más los sesenta minutos entrehora !

    C R I S I S

     
    Hay crisis cuando el cielo vomita bajo tierra,
    crisis cuando el subsuelo se olvida de volar,
    crisis cuando el borrego se planta en pie de guerra,
    cuando el apunten fuego sabe a quién disparar.

    Hay crisis cuando poco parece demasiado,
    hay crisis cuando todo cuesta un dedo del pie,
    hay crisis de virtud, hay crisis de pecado,
    de Corán, de Talmud, de Evangelios, de fe.

    Hay crisis financiera del ego en calzoncillos,
    crisis guantanamera, patera, Medellín,
    hay crisis de madama que empeña sus zarcillos,
    hay crisis cuando todos venden menos Botín.

    Hay crisis cuando empalma tifón y marejada,
    hay crisis cuando el alma no tiene corazón,
    crisis sub prima, crisis que no rima con nada,
    Schumpeter, Galileo, Darwin, Bagdad, newcons.

    Crisis Putin, Obama, Sarkozy, Zapatero,
    Wall Street en pijama, cero à droite, mister Bush,
    chantaje al por mayor, Superman con liguero,
    cuesta de enero en mayo, black payo, rhythm and blues.

    Hay crisis en el lado mojado del desierto,
    hay crisis del petróleo, del pan, del porvenir,
    hay crisis en la Meca y en la oración del huerto,
    el crack, la discoteca, las ganas de vivir.
     
    JOAQUÍN SABINA

    HE APRENDIDO


    He aprendido a ser paciente.
    He aprendido a no esperar.
    He aprendido a ser más que viento sin origen.
    Traigo pronombres de confusión
    para mi próximo recital.
    Hoy soy más todo y nada que nunca
    y más que siempre soy y no soy.
    Hoy aborrezco, amo y presiento
    mi inaplazable gracias al mundo.

    Se anda y se comprende
    que los domingos de un parque no estarán.
    Lo mismo un viejo puente que una puesta de sol.
    Qué día inaplazable trae las verdades.

    Se anda y se comprende
    que las veredas se han escondido en sí.
    Lo mismo un viejo libro que un niño que crece.
    Qué día inaplazable trae las verdades.

    He visto hombres, niños y viejos
    y vi poetas carisoñantes,
    y vi molinos rodar por tierra, vencidos.
    Y tanto todo me ha alimentado
    y tanto todo me ha hecho su parte,
    que grito, araño, escupo y suavizo
    con buena suerte y con buen día.
    Pero ahora canto que he conocido
    la inaplazable fecha del tiempo.

    5 Poemas

    Cesare Pavese

    Vendrá la muerte
    y tendrá tus ojos...

    Vendrá la muerte y tendrá tus ojos–
    esta muerte que nos acompaña
    de la mañana a la noche, insomne,
    sorda, como un viejo remordimiento
    o un vicio absurdo. Tus ojos
    serán una vana palabra,
    un grito callado, un silencio.
    Así los ves cada mañana
    cuando sobre ti sola te inclinas
    en el espejo. Oh esperanza querida,
    ese día sabremos también nosotros
    que eres la vida y eres la nada.

    Para todos tiene la muerte una mirada.
    Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.
    Será como dejar un vicio,
    como ver en el espejo
    resurgir un rostro muerto,
    como escuchar unos labios cerrados.
    Descenderemos al abismo mudos.

    La noche

    Pero la noche ventosa, la límpida noche
    que el recuerdo rozaba solamente, está remota,
    es un recuerdo. Perdura una calma asombrada
    también ella hecha de hojas y de nada. No queda
    de aquel tiempo más allá de los recuerdos, sino un vago
    recordar.

    A veces retorna en el día
    en la inmóvil luz del día de verano
    aquel remoto estupor.

    Por la ventana vacía
    el niño miraba la noche sobre las colinas
    frescas y negras, y lo asombraba verlas en montón:
    vaga y límpida inmovilidad. Entre las hojas
    que susurraban en la sombra, surgían las colinas
    donde todas las cosas del día, las laderas
    y las plantas y las viñas, eran nítidas y muertas
    y la vida era otra, de viento, de cielo,
    y de hojas y de nada.

    A veces retorna
    en la inmóvil calma del día el recuerdo
    de aquel vivir absorto, en la luz asombrada.

    La voz

    Cada día el silencio del cuarto solitario
    se cierra sobre el leve derroche de cada gesto
    como el aire. Cada día la breve ventana
    se abre inmóvil al aire que calla. La voz
    ronca y dulce no vuelve en el fresco silencio.

    Se abre como el respiro de quien esté por hablar
    el aire inmóvil, y calla. Cada día es el mismo.
    Y la voz es la misma, no rompe el silencio,
    ronca e igual por siempre en la inmovilidad
    del recuerdo. La clara ventana acompaña
    con su latido breve la calma de entonces.

    Cada gesto percute la calma de entonces.
    Si sonase la voz, volvería el dolor.
    Volverían los gestos en el aire asombrado
    y palabras palabras a la voz sumisa.
    Si sonase la voz aun el latido breve
    del silencio que dura, se haría dolor.

    Volverían los gestos del vano dolor,
    percutiendo las cosas en el zumbido del tiempo.
    Pero la voz no vuelve, y el susurro remoto
    no encrespa el recuerdo. La inmóvil luz
    da su latido fresco. Para siempre el silencio
    calla ronco y sumiso en el recuerdo de entonces.

    Palabras del político

    Se pasaba ligero por el mercado de los peces
    para lavarse la mirada: los había de plata,
    bermejos, verdes, color mar.
    Comparado con el mar todo escamas de plata
    ganaban los peces. Se pensaba en el regreso.

    Bellas hasta las mujeres del ánfora en la cabeza,
    aceitunada, forjada sobre la forma de los flancos
    dulcemente: cada uno pensaba en las mujeres,
    cómo hablan, ríen, caminan por la calle.
    Reíamos cada uno. Llovía sobre el mar.

    Por las viñas escondidas en las fracturas de la tierra
    el agua macera hojas y racimos. El cielo
    se colorea de nubes escasas, enrojecidas
    de placer y de sol. Sobre la tierra sabores
    y colores en el cielo. Nadie con nosotros.

    Se pensaba en el regreso, como después de una noche
    de insomnio se piensa en la mañana.
    Se gozaba el color de los peces y el jugo
    de la fruta, vivaces en el hedor del mar.
    Ebrios estábamos, en el retorno inminente.

    Eres como una tierra...

    Eres como una tierra
    que ninguno ha nombrado.
    Ya nada esperas
    sino la palabra
    que brotará de lo hondo
    como un fruto entre ramas.
    Hay un viento que te alcanza.
    Cosas secas y muertas
    te abruman y andan en el viento.
    Cuerpos, voces antiguas.
    Tiemblas en el verano.

    NÁUTICAS Y OTRAS ACOTACIONES DEL VIAJERO

    ¡Oh barcos que pasáis en la alta noche
    por la azul epidermis de los mares!
    Rene López

    IV

    Ilustración: Ramón CasasSe han roto los espejos
    ahora todo es tierra
                palpable
                vulgar

    Puse mi mano en alto
    me queda algo de viento
                            todavía

    Voy a grabar mi espada
    contra el nombre y el sol de los adeptos

    Este el lado incierto de las cosas
    aquí no se reflejan nuestras llagas
    solo la fe y el don

    Perfectamente ciegos
    ante la luz que impacta
    hablamos del azar
    y damos al vacío  otro fragmento.   

    ÁGAPE INCONEXO

    Dobla el periódico
    lo vuelve un catalejo
    toda la luz de golpe
    se disfraza

    Ha comenzado el ciclo de la rosa
    gema
    cristal
    recuerdos
    blanco y negro

    Parado frente al ojo está el deseo
    el modo de invocar
    la mano abierta
    ya danza el voyerista
    su osamenta repite una fricción sobre lo terso
    ágape inconexo del que acecha

    Dobla el papel
    acorta la distancia
    Llega la luz
    el cuerpo se le escapa

    VI

    Ilustración: Ramón CasasNo deslunes con rabia en  mi corteza
    si soy el vigilante
    si he puesto mis cien manos suavemente
    en la aspereza
    de otro sueño moldeado a contraluz
    bajo el candor
    del pájaro agorero       a tenor
    de la  cruz
    y los zapatos viejos del otoño
    Te he besado
    y  no estaba en lo negro de tus ojos
    el albatros bisoño
    de los puertos   ni la copa del hado
    ni el hoplita que salva  mis despojos    

    VIII

    Todos los piratas  
    deben morir a manos del otoño
    no es bueno andar buscando
    las islas del escape
    A veces son tan ciertas
    que no hay vuelta al redil
    y uno se pierde entonces la sorpresa
    de nadie nos vio saldar las cuentas

    Es todo por honor

    Los piratas son buenos para el beso
    para el susto virginal de las armadas

    No hay tristeza mayor
    que un buen pirata
    envejecido y torpe
    al que nadie le teme
    ni lo aclaman en sus retos las muchachas

    IX

    Dos niñas en la arena
    una siembra su bata diminuta
    otra el gesto de adiós
    y la palabra en duelo con el agua
    Tomadas de la mano
    exhiben
    el castillo desecho
    juran un nunca más
    deshilan su noviazgo
    con el delfín turquí
    Las líneas del azar
    dicen que el puerto
    las ve volver a veces a hurtadillas
    dos niñas sobre el borde de un recuerdo

    HERENCIAS

    En todos los caminos está Roma
    la sobriedad   la lepra   la cicuta
    la falacia mayor   la frase enjuta
    donde el sueño numérico se asoma

    En todos los caminos está Roma
    la culpa repetida de la fruta
    el juego donde tímida debuta
    la piel del gladiador que se desploma

    Hay algo de juglar en cada piedra
    de vórtice   de áncora   de estroma
    de sórdido pasaje donde medra

    el ojo inescrutable de la broma
    que oculta para siempre tras la hiedra
    su escuálido destino     su genoma

    XI

    Ilustración: Ramón CasasEn el muelle
    con las manos atadas por el grito
    un suicida
    Desde el puente de mando
    con los ojos salvados por la sombra
    el vigía contesta su llamado
    es un dialogo afín entre proscritos
    la barcaza está ahí
    nunca ha partido
    más allá de los sueños del suicida.

    XII

    El mar es la distancia entre dos puertos
    inquieta zubia orlada de veleros
    que surcan nuevamente los senderos
    en busca de su presa   cual podencos

    Atados a famélicos maderos
    los náufragos oscilan   hacen ciertos
    los rostros marginados del ajenjo
    la pálida caricia del estero

    Parados frente al mar   vemos al dedo
    tornarse un ilusorio parlamento
    al barco en la ciudad   a los silencios
    en el común hojearse ante el espejo
    Somos los argonautas    solo eso
    pendientes de la gloria y el regreso

    XIII

    Una ciudad espera por mis huesos
    por la raíz de pájaro indomable
    que tiende el  mar          
                            Trasquilo
    los  reyes domésticos  sobre el arrecife
    en  lacónicas   notas de salvación

    Si hay algo que debo perdonar
    será a su  tiempo       todo importa
    hasta el color del vientre del cetáceo
    que ahora llamamos isla

    Karel A. Leyva Ferrer

    Nuevo libro de Juan Goytisolo

     

    Hacía cinco años que Juan Goytisolo no regalaba al público una nueva novela. Según explicó en Madrid, durante la presentación de su última creación, 'El exiliado de aquí y allá' (Galaxia Gutenberg), sólo escribe cuando tiene "una propuesta literaria nueva". "No formo parte del círculo de los que escriben para ganar dinero", afirmó Goytisolo, que regresa a la narrativa devolviendo a la vida al Monstruo del Sentier, que murió al final de 'Paisajes desde la batalla'.

       En 'El exiliado de aquí y allá', ambientada en París, Goytisolo retoma al personaje "ácrata, excéntrico y raro" que murió víctima de una bomba lapa. Ahora quiere saber quién y por qué le mataron, para lo que se transformará en un terrorista. En su peregrinaje, como explicó el escritor, se encontrará con diferentes personajes, todos ellos mutantes, que se transforman sin explicación aparente.

       Proyectado "al más acá de la muerte", el protagonista contactará a través de Internet con radicales de toda índole. Y descubrirá la verdad de la sociedad en la que sólo se busca "el poder, el dinero y el mando".

       "Soy incapaz de escribir una novela con diálogos teatrales. No me interesa. En ésta he buscado la concentración y no la extensión. La prosa en acción", afirmó Goytisolo, que ha dejado el argumento en "un segundo plano".

       LEER EN VOZ ALTA

       Cada capítulo del libro, según detalló, "está para ser leído en voz alta". "Siempre me ha interesado el relato oral, que se remonta a 40 ó 50.000 años antes de Cristo. Y hay textos que se goza más leyendo en voz alta", subrayó.

       Inspirado en la realidad para dar forma a 'El exiliado del aquí y de allá', pero "procurando describir con humor la realidad en que estamos inmersos", Goytisolo va haciendo saber a su protagonista que "vivimos atrapados entre el consumismo y el terror". "No hago una crítica a los radicalismos religiosos, sino a la utilización de la ideología como dominación", apuntó.

       "Todo es inverosímil y, a la vez, real en la novela", insistió un escritor que cuando hace artículos de opinión es "muy pragmático" pero que en la novela no ve posible la "corrección política". "La creación es como una fantasía sexual, el ser humano es animal y ser espiritual a la vez", consideró.

       EL TERROR COMO MERCANCÍA

       Goytisolo explicó que después del 11-S la humanidad vive "con el terror como mercancía". "Viajar se ha convertido en una pesadilla, hay cámaras que nos vigilan... El terror, la religión y el consumismo es la triste realidad en la que vivimos todos", enfatizó.

       Por otra parte, y preguntado por la importancia que concede a los premios literarios, consideró que "son los autores los que honran o deshonran a los premios". "Cuando pasas de los 75, no ambicionas nada. Estoy en absoluta libertad y vivo completamente al margen", afirmó el escritor, quien considera que España "está pendiente de una Transición cultural que elimine los tabúes".

       En la presentación de su última novela, acompañando a Goytisolo estaba el escritor argentino Alberto Manguel, quien detalló que el protagonista de esta "fábula sin moralidad", que apenas supera las 150 páginas, es "una suerte de Quijote, inmerso en un campo cibernético". "Es una elegía tierna de nuestra época", concluyó.

    Mi primo el Nano

    Tengo yo un primo que es todo un maestro
    de lo mio, de lo tuyo, de lo nuestro;
    un lujo para el alma y el oido,
    un modo de vengarse del olvido.
    Boca que mira,
    vecino de Estambul, rey de Algeciras.
    Viene del Poble Sec ese atorrante
    universal, charnego y trashumante,
    que saca, cuando menos te lo esperas,
    palomas de la paz de su chistera.
    Y, cuando canta,
    le tiembla el corazon en la garganta.
    Harto ya de estar harto de las fronteras
    va pidiendo escaleras para subir
    de tu falda a tu blusa, toca madera:
    tendria que estar prohibido un fulano asi.
    Detras esta la gente que necesita
    su musica bendita mas que comer
    y el siglo que deshoja su margarita.
    Yo, de joven, quisiera ser como el.
     
    Tengo yo un primo que es primo de todos
    cada cual a su forma y a su modo;
    loco hidalgo con yelmo de Mambrino
    que no teme a gigantes ni a molinos
    y cuando gana
    el Barca cree que hay Dios y es azulgrana.
     
    Que poca seriedad, que mal ejemplo
    para los mercaderes de los templos
    ese alquimista de las emociones
    que cura las heridas con canciones.
    Mi primo el Nano,
    que no me toca nada y es mi hermano.
    Harto ya de estar harto de las fronteras
    va pidiendo escaleras para subir
    de tu falda a tu blusa, toca madera:
    tendria que esta prohibido un fulano asi.
    Detras esta la gente que necesita
    su musica bendita mas que comer
    y el siglo que deshoja su margarita.
    Yo, de joven, quisiera ser como es
    mi primo Joan Manuel.
     
     
    JOAQUIN SABINA